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Mirilla “post mórtem”.

Me gustan las mirillas. Me gusta asomarme a ellas de vez en cuando para fisgar a los vecinos, aunque no los conozca, aunque nunca los llegue a conocer. Me gusta asomarme, llámenlo perversión, vicio o qué sé yo. Seré un voyeur, no les digo yo que no, que últimamente no sé ni lo que soy. Como casi nadie, que en estos tiempos es muy complicado saber lo que somos. Me gustan las mirillas porque soy un tipo coherente. Sí, coherente porque soy curioso. Y para ser coherente en este ‘curioso’ mundo hace falta ser curioso. Si no eres curioso mejor no pongas un pie en esta vida, que no te sabrá a nada. Y no tendrás nada que contar, y no tendrás nada que recordar y no tendrás nada que penar cuando todo acabe.  Y a veces sueño con una mirilla enorme por la que me cuelo todo enterito y aparezco en un patio de butacas viendo la vida de los otros y cuando eso sucede me encanta. El otro día me dio por repasar la cartelera teatral y ¡eureka!, ahí estaba anunciada una de esas mirillas con las que sueño. ¡Chimpón! Y ahí que me fui de cabeza para ver a estos dos (¿o son uno en realidad?) tipos entrañables, estos dos vecinos que, a fuerza de presentarse en mi rellano, se han convertido en parte de mi memoria. En parte de lo que podré contar cuando yo mismo esté en la orilla de la vida. Este ‘panfleto post mortem’ es, ante todo, una declaración de amor, amor vital, amor teatral, amor real de Petra y Juan. Tremendamente absurda, como la propia vida, tremendamente humana, como son ellos. No hay grandes pretensiones, ni grandes alardes. Desde hace tiempo estos dos ‘grandes’ se mueven en lo pequeño, en las historias de mirilla. Como si estuvieran revolviendo en esas montoneras de las rebajas en busca del chollo de última hora, ellos revuelven desordenadamente en su montonera vital en busca de los últimos chollos. Y van sacando una camiseta del cincuenta por aquí, un calcetín desparejado de la guerra por allá, quizá una bufanda roída de otra temporada… Lo hacen con pasión, con incoherencia a veces, con mucha lucidez casi siempre. Y no tienes más remedio que meterte en su juego. Y, casi sin querer, uno mismo se encuentra revolviendo esa montonera con ellos. Está claro que ha llegado un momento en que ambos han comprendido que no son actores, que son ‘players’, como decía Peter Brook ‘interpretar requiere mucho esfuerzo, pero cuando lo consideramos como juego, deja de ser trabajo. Una obra de teatro es juego’. Y, sin lugar a dudas, ellos tienen mucho trabajo por detrás en esta obra, pero la presentan como una fiesta, una fiesta ‘post mortem’  y yo tan contento de haber sido invitado.

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Galaxia Kúbica.

Mi primera máquina de escribir –un regalo- tenía una tecla estropeada, la ‘o’. Pasé toda la carrera acarreando esa vieja máquina de escribir por la facultad. Y aporreando esa tecla rota siempre con miedo de hacerme dañO, siempre despotricando de ese regalo envenenado que en cualquier momento me podía hacer llorar de dOlOr. Incluso me las ingenié para escribir sólo palabras que no contuvieran esa vocal. Con el primer sueldo compré un ordenador. Portátil, precioso, mágico y con un teclado impoluto. La primera palabra que escribí con él fue ‘ooooo’. Y en seguida se esfumó el dOlOr, y desapareció el miedO. Estaba feliz hasta que comprendí que con mi nuevo teclado había perdido algo fuera de serie. Había perdido también emOciÓn y riesgO. Había perdido ese posible pellizcO cOnmOvedOr. A veces sólo en el peligro, en el abismo, en el conflicto pueden flotar los versos.

Creo que de eso me viene la admiración por los escritores que no cambian sus viejas máquinas de escribir a pesar de tener varias teclas estropeadas. Lorca, no lo voy a descubrir ahora, escribía con teclas taradas, estoy seguro. Eso le engrandece y eso le hace terriblemente inasible para muchos. Para lograr agarrarle y hacerle voz hay que jugar con sus reglas. Con sus mismas teclas taradas. Con sus imágenes siempre al borde del dolor, siempre al borde del juego, siempre al borde del daño, con la bala siempre dando vueltas por el tambor del revólver esperando su turno.

Ayer entré en el teatro. En ese maravilloso metro cúbico instalado en Usera. No podía ser de otro modo. La ‘Orquesta Lejana’ no podía dejarse escuchar en el centro. Hay demasiado ruido. Trece textos lorquianos. Un universo. Luz tenue. Y dos voces que se convierten en cientos. Apenas entiendo las palabras, la razón empieza a desdibujarse al tiempo que las imágenes empiezan a aparecer entre sombras como teclas visuales taradas. Aflojo esa maldita necesidad de encontrar sentido a todo. Dejo que los textos me penetren sin pasar por los filtros de mi cabeza. Un texto entra por el brazo, otro por el pelo, otro por el bazo. Incluso me parece sentir que el poeta vuelve de Nueva York abordando directamente en mi cuello. Y amarra su velero en mi garganta, haciendo un nudo que al apretarlo me exprime una lágrima. Y no estoy triste. Me palpo para comprobarlo porque necesito aún explicación para esa lágrima. Dos versos y una gallina después, caigo en la cuenta de que no hay explicación lógica. Y me dejo llevar. No sé a dónde, no sé cuándo, pero no me importa. Me han atrapado y no me importa. No entiendo muchas cosas y no me importa. Simplemente juego sin saber dónde está la bala. Aún hoy sigo sin saber dónde está la bala ni en qué momento me la disparé. No sé en qué momento María y Miguel y la voz de Roberto y las cuerdas de Álvaro, se han colado en mi casa para descoyuntarme furtivamente la tecla ‘o’ de mi teclado de ordenador portátil, mágico, impoluto.

Sé que quizá no me esté saliendo una crítica muy razonable, pero es lo que puedo escribir después de escuchar esta ‘Orquesta Lejana’. Una propuesta para volar, con ellos, con Lorca, con tus propios pies. Muchísimo teatro esconde esta pieza de pura artesanía, de ingenio tarado, de lutieres de versos. Salgo con la sensación de haber volado no por un metro cúbico, sino por una galaxia cúbica. Para no perdérselo, de verdad.

Orquesta lejana, de Germanía de teatro.

Orquesta lejana, de Germanía de teatro.

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Las neurosis sexuales de nuestros padres

El teatro está a rebosar y tengo que hacer cola para acceder a la sala, buena señal. No obviemos que la famosa coletilla “mucha mierda” en la jerga de las artes escénicas viene de aquellos espectadores que se acercaban al teatro a caballo y en función de sus deposiciones se podía deducir el público asistente. En este caso, la sala estaba a rebosar. Es el último día de esta función en la Sala Cuarta Pared y nadie parece dispuesto a perdérsela.

Mientras nos acomodamos, comienza a sonar una melodía que está aparcada en algún rincón de mi cerebro pero que no consigo identificar. Me resisto a volver a encender el móvil, abrir Shazam y tratar de capturarla para salir de dudas. Me doy cuenta de que la pareja sentada a mi lado anda cuchicheando sobre esa melodía repetitiva tratando tal vez de recordar. Nada, no hay manera. Pero de alguna forma mágica, ya se ha establecido una conexión del hecho teatral con el espectador. El público tararea.

Comienzan a salir los actores uno a uno al ritmo de la música, cada uno a su estilo y me dan ganas de salir a bailar con ellos. Bailan moviéndose libremente por un espacio dramático abstracto y abierto a la imaginación de cada espectador. Solo hay una mesa blanca, apenas unas sillas en las esquinas y unas rayas también blancas en el suelo. Se les ve como si fueran sombras danzarinas por las luces, sin poder distinguir rostros.

Me doy cuenta de que hay un personaje en el centro de la escena que solo acierta a mover la cabeza torpemente intentando seguir también el ritmo de la música. Acaba la música y todo cambia de golpe. De repente, cada personaje tiene una dirección bien clara. Todos excepto uno, Dora, el personaje que no conseguía seguir el ritmo.

Durante años Dora ha vivido sedada por una medicación que, supuestamente, controla la extraña enfermedad mental –no explicitada nunca- que padece hasta que su madre decide retirársela. Es en ese momento cuando Dora va despertando a la vida y junto con ella, sus necesidades más básicas. Dora tiene un deseo sexual irrefrenable y ninguna limitación social. Esta falta de prejuicios y tabúes es la que escandalizará a todo el que la rodea, incluido el público. Carolina Lapausa interpreta este personaje como si llevara haciéndolo toda la vida, con soltura y enterneciendo a todo aquel que la mira. También su físico acompaña mucho al personaje, realmente crees que es una chica de 16 años frágil ante los peligros que esa deshinibición y despertar a la sexualidad conlleva en una sociedad “pervertida” y “pervertidora”.

La historia hace que Dora se encuentre con el Señor Fino –Vicente Colomar– un tipo sin tapujos ejemplo de esa sociedad que esconde debajo de la alfombra más de lo que muestra. Un depredador que hace de Dora una especie de esclava sexual, quizá consentida, quizá manipulada, quizá manipuladora, quizá un poco de todo en una sociedad quizá demasiado hipócrita. Nos incomoda y nos repugna, pero el autor no quiere que olvidemos que la niña lo busca continuamente. Colomar tiene la gran virtud de hacer digerible un personaje, apriori, del todo reprochable, quizá como metáfora de toda la historia.

Ante la aparición de este nuevo personaje -en mi opinión el lobo del cuento- comienzan las preocupaciones y las neurosis sexuales de los padres de Dora, encarnados por Lidia Palazuelos y Alfonso Mendiguchía, ambos con una verdad que pone los pelos de punta.

En ellos se puede ver el sufrimiento de unos padres desesperados por no saber qué hacer ante su incontrolable hija. ‘Estaría bien que alguien supiera’ escupe la madre en un momento en el que el callejón se hace cada vez más angosto y más oscuro a un público posiblemente también sin respuestas.  La madre ,Lidia Palazuelos, presenta un arco que alcanza desde la decisión firme de recuperar a su hija, pasando por la alegría de una incipiente recuperación, hasta imbuirse en un mar de dudas y reproches hacia su marido que terminan en una dolorosa constatación de una maternidad equivocada –posiblemente el punto más duro de toda la obra-. Lo hace desgarrándose y se va transformando en escena con verosimilitud. En el otro lado del ring, el padre –Alfonso Mendiguchía-,  un personaje parco en palabras, casi huidizo de su responsabilidad, que parece reprochar silenciosamente a su mujer sin quererse mojar hasta que se hace inevitable. Alfonso Mendiguchía lo encarna con la sencillez que da la fuerza de la verdad en cada una de sus medidas palabras y gestos. Difícil papel es el de la escucha del ‘sparring’ que recibe golpes en escena hasta romperse, hasta abandonar la comodidad de la sombra para pasar  a ser el silencioso brazo ejecutor de un pensamiento que sobrevuela la obra desde el despertar de Dora ‘cuando sueltas algo, te quedan las manos libres’.  Y Mendiguchía lo hace con maestría y con verdad, está vivo y hace que el espectador sienta cada pulsación de su personaje tenga los focos apuntándole o no.

Es curioso cómo Bärfuss y Galán juegan con las acotaciones, en principio nunca dichas durante el acto escénico, para definir a los personajes. Hay un momento en el que se dice “cuando papá tiene tiempo” para iniciar una escena en la que el padre por fin se decide a verbalizar una de esas decisiones que ‘después de todo, no son nada del otro mundo hoy en día’.

El texto del multipremiado Lukas Bärfuss no deja indiferente a nadie, incomoda y los distintos personajes que conviven con ella te hacen ver sus propias carencias y virtudes.

En este ‘collage’ que forma ese ‘mundo que da la bienvenida a Dora’ y que la modela, la censura, la corrige y la atropella aparecen también el frutero  –Antonio Gómez– para el que trabaja Dora y con ciertas similitudes con ella, pues parece estar sólo un peldaño más arriba en esa escala que premia las verduras bonitas con una primera fila y castiga al fondo de la sala a todo aquello ‘con pinta de patata vieja’. Un personaje  al que saca brillo Antonio Gómez con una gran vis cómica; y la madre del frutero –Flavia Pérez de Castro, certera también en sus apariciones -representando a una mujer que se tuvo que amoldar a las circunstancias de una época contra su voluntad y que parece la única pieza del puzzle que encaja con las aristas de Dora. .

Y, por supuesto, el espectador es invitado a crear su propio punto de vista durante la función.  Aitana Galán pone con frecuencia el anzuelo en un público que no puede estar ajeno en una propuesta integradora como esta. Lo mete desde el primer minuto, invitándolo a rodear a Dora, haciendo que los personajes les increpen de forma directa en repetidas ocasiones e, incluso, encendiendo sus luces  durante el discurso filosófico-práctico del médico –Fernando Romo-, personaje excesivo, verborreico, provocador que Romo da vida pleno de matices y alientos cómicos. Alientos que, en realidad, van salpicando toda la función de una forma deliberada por parte de Aitana Galán porque quizá la obra sería insoportable de otra forma.

En resumidas cuentas, un trabajo muy coral, limpio, donde nada se deja al azar. Decía Chejov, fiel defensor del teatro como arte colectivo,  que ‘el mejor modo de crear un espectáculo caótico es formar un reparto exclusivamente con estrellas y dejarlas exhibir sus brillantes habilidades’. Pues bien, Galán ha modelado un engranaje perfectamente ordenado, sin estridencias, sin incoherencias, sin fisuras, un ‘arte colectivo’ en el que todos suman para poner al espectador en el vértice de un espectáculo sincero y valiente. Un placer de los que agreden la comodidad en la que a menudo nos instalamos los espectadores . Enhorabuena a todo el equipo y esperamos ver vuestras Neurosis pronto en otro sitio.

¡Ah! Se me olvidaba, la música es Model de Kraftwert, te advierto que si la escuchas, estás perdido porque ya no te la sacarás de la cabeza, al igual que esta pieza.

Las neurosis sexuales de nuestros padres

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Diccionario teatral: actor.

el actor

El actor, al interpretar un personaje, se sitúa en el centro mismo del acontecimiento teatral. Es el vínculo vivo entre el texto del autor, las orientaciones interpretativas del director y la mirada y el oído del espectador. Se comprende que a lo largo de la historia del teatro, esta durísima carga lo haya convertido tanto en un personaje adulado y mitificado, en un “monstruo sagrado”, como en un ser menospreciado del cual la sociedad desde un miedo casi instintivo.

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