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Galaxia Kúbica.

Mi primera máquina de escribir –un regalo- tenía una tecla estropeada, la ‘o’. Pasé toda la carrera acarreando esa vieja máquina de escribir por la facultad. Y aporreando esa tecla rota siempre con miedo de hacerme dañO, siempre despotricando de ese regalo envenenado que en cualquier momento me podía hacer llorar de dOlOr. Incluso me las ingenié para escribir sólo palabras que no contuvieran esa vocal. Con el primer sueldo compré un ordenador. Portátil, precioso, mágico y con un teclado impoluto. La primera palabra que escribí con él fue ‘ooooo’. Y en seguida se esfumó el dOlOr, y desapareció el miedO. Estaba feliz hasta que comprendí que con mi nuevo teclado había perdido algo fuera de serie. Había perdido también emOciÓn y riesgO. Había perdido ese posible pellizcO cOnmOvedOr. A veces sólo en el peligro, en el abismo, en el conflicto pueden flotar los versos.

Creo que de eso me viene la admiración por los escritores que no cambian sus viejas máquinas de escribir a pesar de tener varias teclas estropeadas. Lorca, no lo voy a descubrir ahora, escribía con teclas taradas, estoy seguro. Eso le engrandece y eso le hace terriblemente inasible para muchos. Para lograr agarrarle y hacerle voz hay que jugar con sus reglas. Con sus mismas teclas taradas. Con sus imágenes siempre al borde del dolor, siempre al borde del juego, siempre al borde del daño, con la bala siempre dando vueltas por el tambor del revólver esperando su turno.

Ayer entré en el teatro. En ese maravilloso metro cúbico instalado en Usera. No podía ser de otro modo. La ‘Orquesta Lejana’ no podía dejarse escuchar en el centro. Hay demasiado ruido. Trece textos lorquianos. Un universo. Luz tenue. Y dos voces que se convierten en cientos. Apenas entiendo las palabras, la razón empieza a desdibujarse al tiempo que las imágenes empiezan a aparecer entre sombras como teclas visuales taradas. Aflojo esa maldita necesidad de encontrar sentido a todo. Dejo que los textos me penetren sin pasar por los filtros de mi cabeza. Un texto entra por el brazo, otro por el pelo, otro por el bazo. Incluso me parece sentir que el poeta vuelve de Nueva York abordando directamente en mi cuello. Y amarra su velero en mi garganta, haciendo un nudo que al apretarlo me exprime una lágrima. Y no estoy triste. Me palpo para comprobarlo porque necesito aún explicación para esa lágrima. Dos versos y una gallina después, caigo en la cuenta de que no hay explicación lógica. Y me dejo llevar. No sé a dónde, no sé cuándo, pero no me importa. Me han atrapado y no me importa. No entiendo muchas cosas y no me importa. Simplemente juego sin saber dónde está la bala. Aún hoy sigo sin saber dónde está la bala ni en qué momento me la disparé. No sé en qué momento María y Miguel y la voz de Roberto y las cuerdas de Álvaro, se han colado en mi casa para descoyuntarme furtivamente la tecla ‘o’ de mi teclado de ordenador portátil, mágico, impoluto.

Sé que quizá no me esté saliendo una crítica muy razonable, pero es lo que puedo escribir después de escuchar esta ‘Orquesta Lejana’. Una propuesta para volar, con ellos, con Lorca, con tus propios pies. Muchísimo teatro esconde esta pieza de pura artesanía, de ingenio tarado, de lutieres de versos. Salgo con la sensación de haber volado no por un metro cúbico, sino por una galaxia cúbica. Para no perdérselo, de verdad.

Orquesta lejana, de Germanía de teatro.

Orquesta lejana, de Germanía de teatro.

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