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Las neurosis sexuales de nuestros padres

El teatro está a rebosar y tengo que hacer cola para acceder a la sala, buena señal. No obviemos que la famosa coletilla “mucha mierda” en la jerga de las artes escénicas viene de aquellos espectadores que se acercaban al teatro a caballo y en función de sus deposiciones se podía deducir el público asistente. En este caso, la sala estaba a rebosar. Es el último día de esta función en la Sala Cuarta Pared y nadie parece dispuesto a perdérsela.

Mientras nos acomodamos, comienza a sonar una melodía que está aparcada en algún rincón de mi cerebro pero que no consigo identificar. Me resisto a volver a encender el móvil, abrir Shazam y tratar de capturarla para salir de dudas. Me doy cuenta de que la pareja sentada a mi lado anda cuchicheando sobre esa melodía repetitiva tratando tal vez de recordar. Nada, no hay manera. Pero de alguna forma mágica, ya se ha establecido una conexión del hecho teatral con el espectador. El público tararea.

Comienzan a salir los actores uno a uno al ritmo de la música, cada uno a su estilo y me dan ganas de salir a bailar con ellos. Bailan moviéndose libremente por un espacio dramático abstracto y abierto a la imaginación de cada espectador. Solo hay una mesa blanca, apenas unas sillas en las esquinas y unas rayas también blancas en el suelo. Se les ve como si fueran sombras danzarinas por las luces, sin poder distinguir rostros.

Me doy cuenta de que hay un personaje en el centro de la escena que solo acierta a mover la cabeza torpemente intentando seguir también el ritmo de la música. Acaba la música y todo cambia de golpe. De repente, cada personaje tiene una dirección bien clara. Todos excepto uno, Dora, el personaje que no conseguía seguir el ritmo.

Durante años Dora ha vivido sedada por una medicación que, supuestamente, controla la extraña enfermedad mental –no explicitada nunca- que padece hasta que su madre decide retirársela. Es en ese momento cuando Dora va despertando a la vida y junto con ella, sus necesidades más básicas. Dora tiene un deseo sexual irrefrenable y ninguna limitación social. Esta falta de prejuicios y tabúes es la que escandalizará a todo el que la rodea, incluido el público. Carolina Lapausa interpreta este personaje como si llevara haciéndolo toda la vida, con soltura y enterneciendo a todo aquel que la mira. También su físico acompaña mucho al personaje, realmente crees que es una chica de 16 años frágil ante los peligros que esa deshinibición y despertar a la sexualidad conlleva en una sociedad “pervertida” y “pervertidora”.

La historia hace que Dora se encuentre con el Señor Fino –Vicente Colomar– un tipo sin tapujos ejemplo de esa sociedad que esconde debajo de la alfombra más de lo que muestra. Un depredador que hace de Dora una especie de esclava sexual, quizá consentida, quizá manipulada, quizá manipuladora, quizá un poco de todo en una sociedad quizá demasiado hipócrita. Nos incomoda y nos repugna, pero el autor no quiere que olvidemos que la niña lo busca continuamente. Colomar tiene la gran virtud de hacer digerible un personaje, apriori, del todo reprochable, quizá como metáfora de toda la historia.

Ante la aparición de este nuevo personaje -en mi opinión el lobo del cuento- comienzan las preocupaciones y las neurosis sexuales de los padres de Dora, encarnados por Lidia Palazuelos y Alfonso Mendiguchía, ambos con una verdad que pone los pelos de punta.

En ellos se puede ver el sufrimiento de unos padres desesperados por no saber qué hacer ante su incontrolable hija. ‘Estaría bien que alguien supiera’ escupe la madre en un momento en el que el callejón se hace cada vez más angosto y más oscuro a un público posiblemente también sin respuestas.  La madre ,Lidia Palazuelos, presenta un arco que alcanza desde la decisión firme de recuperar a su hija, pasando por la alegría de una incipiente recuperación, hasta imbuirse en un mar de dudas y reproches hacia su marido que terminan en una dolorosa constatación de una maternidad equivocada –posiblemente el punto más duro de toda la obra-. Lo hace desgarrándose y se va transformando en escena con verosimilitud. En el otro lado del ring, el padre –Alfonso Mendiguchía-,  un personaje parco en palabras, casi huidizo de su responsabilidad, que parece reprochar silenciosamente a su mujer sin quererse mojar hasta que se hace inevitable. Alfonso Mendiguchía lo encarna con la sencillez que da la fuerza de la verdad en cada una de sus medidas palabras y gestos. Difícil papel es el de la escucha del ‘sparring’ que recibe golpes en escena hasta romperse, hasta abandonar la comodidad de la sombra para pasar  a ser el silencioso brazo ejecutor de un pensamiento que sobrevuela la obra desde el despertar de Dora ‘cuando sueltas algo, te quedan las manos libres’.  Y Mendiguchía lo hace con maestría y con verdad, está vivo y hace que el espectador sienta cada pulsación de su personaje tenga los focos apuntándole o no.

Es curioso cómo Bärfuss y Galán juegan con las acotaciones, en principio nunca dichas durante el acto escénico, para definir a los personajes. Hay un momento en el que se dice “cuando papá tiene tiempo” para iniciar una escena en la que el padre por fin se decide a verbalizar una de esas decisiones que ‘después de todo, no son nada del otro mundo hoy en día’.

El texto del multipremiado Lukas Bärfuss no deja indiferente a nadie, incomoda y los distintos personajes que conviven con ella te hacen ver sus propias carencias y virtudes.

En este ‘collage’ que forma ese ‘mundo que da la bienvenida a Dora’ y que la modela, la censura, la corrige y la atropella aparecen también el frutero  –Antonio Gómez– para el que trabaja Dora y con ciertas similitudes con ella, pues parece estar sólo un peldaño más arriba en esa escala que premia las verduras bonitas con una primera fila y castiga al fondo de la sala a todo aquello ‘con pinta de patata vieja’. Un personaje  al que saca brillo Antonio Gómez con una gran vis cómica; y la madre del frutero –Flavia Pérez de Castro, certera también en sus apariciones -representando a una mujer que se tuvo que amoldar a las circunstancias de una época contra su voluntad y que parece la única pieza del puzzle que encaja con las aristas de Dora. .

Y, por supuesto, el espectador es invitado a crear su propio punto de vista durante la función.  Aitana Galán pone con frecuencia el anzuelo en un público que no puede estar ajeno en una propuesta integradora como esta. Lo mete desde el primer minuto, invitándolo a rodear a Dora, haciendo que los personajes les increpen de forma directa en repetidas ocasiones e, incluso, encendiendo sus luces  durante el discurso filosófico-práctico del médico –Fernando Romo-, personaje excesivo, verborreico, provocador que Romo da vida pleno de matices y alientos cómicos. Alientos que, en realidad, van salpicando toda la función de una forma deliberada por parte de Aitana Galán porque quizá la obra sería insoportable de otra forma.

En resumidas cuentas, un trabajo muy coral, limpio, donde nada se deja al azar. Decía Chejov, fiel defensor del teatro como arte colectivo,  que ‘el mejor modo de crear un espectáculo caótico es formar un reparto exclusivamente con estrellas y dejarlas exhibir sus brillantes habilidades’. Pues bien, Galán ha modelado un engranaje perfectamente ordenado, sin estridencias, sin incoherencias, sin fisuras, un ‘arte colectivo’ en el que todos suman para poner al espectador en el vértice de un espectáculo sincero y valiente. Un placer de los que agreden la comodidad en la que a menudo nos instalamos los espectadores . Enhorabuena a todo el equipo y esperamos ver vuestras Neurosis pronto en otro sitio.

¡Ah! Se me olvidaba, la música es Model de Kraftwert, te advierto que si la escuchas, estás perdido porque ya no te la sacarás de la cabeza, al igual que esta pieza.

Las neurosis sexuales de nuestros padres

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